Los mas diversos temas vistos con ojos de mujer.

viernes 26 de agosto de 2011

TESTIGOS


De niños nos enseñan que al morir las personas nunca nos abandonan sino que van al cielo convertidos en angelitos –seres de luz- que nos cuidan desde las alturas, pero por alguna razón cuando crecemos marginamos los conceptos de la infancia y preferimos descreer; desmitificarnos… hasta que alguna experiencia nos sacuda el espíritu haciéndonos reaccionar.
Habían pasado largos nueve años desde la muerte de su padre y aunque nunca se mostró como una adolescente sufrida ni basó sus desventuras en la ausencia de la figura paterna esa navidad había sentido la particular necesidad de estar espiritualmente cerca de su papá. Era como si el espíritu navideño la hubiese poseído al punto de conmoverse con su propia nostalgia; con sus ganas de celebrar la noche buena –cuando nunca antes fue trascendente para ella- Buscó el vestido más elegante que tenía en el placar, de impecable blanco –casualidad o causalidad- se maquilló y radiante se dispuso a cruzar la calle que separaba su casa del lugar donde celebraría esa noche con amigos y familiares.
Minutos antes de la medianoche el destino; los designios de Dios; la vida misma articulaban sus lazos para que se produzca el hecho que recordaría de por vida: Su madre había observado que se acercaba el momento del brindis por lo que la envía en busca de bebidas que especialmente había preparado en el frízer de su casa. Previendo que serían varias botellas ella decide pedir colaboración a su novio –sin atender que de esta manera estaba adquiriendo un testigo irrefutable del hecho que la aguardaba.
Abrió la puerta y pudieron sentir el calor del norte argentino atrapado en aquella casa que por varias horas había permanecido herméticamente cerrada por previsión de su madre que temía que algún cohete; acaso alguna bengala errante hiciera estragos si consiguiera introducirse por alguna ventana.
Él optó por esperarla en el umbral de la puerta y evitó de este modo exponerse al “horno” que lo esperaba si decidía atravesar los tres ambientes contiguos. Ella en cambio se dirigió por el pasillo que comunicaba directamente hacia la última parte de la antigua casa atravesando primero el living; luego el comedor y la cocina hasta dar con un lugar que en el futuro sería un ante baño, pero ahora servía para albergar el frízer de tipo comercial que no entraba en la cocina.
Había logrado sacar varias botellas, estaba tratando de ubicarlas en un bolso dispuesto a esos fines cuando la sorprendió un fuerte aroma a cigarrillo, un olor muy fuerte; inusual; como si fuera un cigarrillo armado con tabaco puro, muy puro. Automáticamente sintió a alguien toser, una tos quejosa como si perteneciera a algún enfermo, a algún hombre mayor que padeciera alguna afección… Se sintió intrigada porque su novio no tenía tos máxime ese tipo de expectoración. Sabía que no entraría a fumar a su casa, pero al mismo tiempo se sentía intrigada . Dejó las cosas en el piso y caminó hacia afuera pretendiendo acaso encontrarlo fumando en la puerta, pero ambos coincidieron a mitad de ese trayecto mirándose sorprendidos con una misma pregunta: ¿Quién fuma adentro de la casa y tose? Ella salía y el entraba cuando ambos se lo preguntaron y coincidieron en que tanto el aroma como la tos venía de adentro de la casa, como si fuera del comedor (ubicado justo en medio de la casa). Miraron súbitamente hacia la ventana pero estaba totalmente cerrada con las persianas bajas sin un hilo de luz que pudiera filtrarse y nuevamente el olor a cigarrillo brotó en el ambiente como envolviéndolos a ambos, como si necesitara hacerse protagonista. Entonces el reaccionó caminando en vano hasta la cocina y encendió la luz – todo estaba herméticamente cerrado- allí no había rastros de olor, ella lo siguía desconcertada hasta las puertas de los cuartos pero el recorrido fue infructuoso… el aroma estaba en el comedor. El desconcierto los dominaba, él levantó la vista y sentenció: …-“Es tu papá”-… a la vez que miraba el cuadro de cuerpo entero que presidía la entrada del comedor. Ambos sabían que el padre era un apasionado fumador de esos viejos Jockey Club de etiquetas coloradas, fuertes, muy fuertes. Conscientes de que había fallecido de cáncer en los pulmones a causa de esos malditos cigarrillos… ¿Qué otra manera más auténtica tendría de manifestarse a su hija sino a través de algo que lo caracterice fehacientemente? Como diciendo con su tos “acá estoy” con mi aroma, ¡sentíme! vine en esta noche especial, en la hora justa a desearte feliz noche buena, para que sepas que siempre estoy a tu lado; que te acompaño con mi espíritu y mi halo protector.
No hizo falta discutirlo ni hubo lugar para que quepa la duda porque ella en su interior reconocía el aroma, la tos de su padre enfermo y asumió en ese instante que esa manifestación era de su padre. No hubo mas lugar para palabras, no hacía falta; solo cabían las acciones. Se emocionó frente al cuadro que lo ilustraba y lo besó… sin saber muy bien que hacer o que decir le deseó feliz noche buena y pidió que estuviera a lado de Dios. Se abrazó a su pareja sumida en lágrimas y agradeció que estuviera allí para acompañarla. Días después se daría cuenta que había tenido el privilegio de contar con un testigo.

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